Recuerdo que cuando me invitaron a unirme a un grupo de arquitectos que desarrollaría un proyecto de 700 condominios y casas —un complejo urbano que se ubicaría en 22 hectáreas, parte de una reserva territorial inusual en el Pedregal, al sur de la Ciudad de México—, tenía ante mí una serie de piezas de cerámica de Gustavo Pérez: un conjunto de vasijas que se transformaban, paso a paso, de cilindro a pirámide. Cada pieza contenía una frase, un mensaje, y transmitía una cierta personalidad, una cierta independencia. Sin embargo, cada una tenía significado en relación con el resto del grupo y formaba parte de una idea total. A partir de esto reflexioné, y llegué a pensar que así es como debería ser una ciudad.

El concepto inicial tenía como punto de partida un conjunto —una metamorfosis— en el que cada arquitecto propondría un edificio que entablaría una especie de diálogo con el anterior; cada uno imprimiría una personalidad distintiva en su obra, respondiendo siempre a lo que le precedía. De esta manera, se formaría una secuencia: un volumen, un cuerpo, que serviría como punto de partida para el siguiente.

Nicola Lorusso Photography

MAA Text

PEDREGAL

CDMX, México

2005

Todo arquitecto sueña con construir una ciudad, así como una ciudad jamás soñaría con ser construida por un solo arquitecto.

Afortunadamente, el desarrollo en el Pedregal involucró a varios arquitectos de distintos países —españoles, portugueses y mexicanos— que buscaron romper la homogeneidad habitual de los desarrollos a gran escala. Martín Gutiérrez, Aires Mateus, Juan Herreros, Iñaqui Ávalos, Rafael Otero y yo, liderados por Iván Vela, fuimos los arquitectos encargados de dar vida a este proyecto.

Tengo poca fe en los proyectos a gran escala, pero cuando este surgió parecía viable. Además, representaba la oportunidad de emprender un ejercicio personal arraigado en lo colectivo, diseñado para construir una pequeña ciudad desde cero.

Este proyecto resultó no solo desafiante, sino una de las etapas más dinámicas y emocionantes de mi vida profesional. El tiempo y la realidad desgastaron ese entusiasmo, ya que la obra nunca se completó.

En una gran nave industrial, con materiales reciclables y un presupuesto muy limitado, se construyeron finalmente un piso de ventas y una oficina corporativa. El resto quedó en una idea, una ilusión...

Martín Gutiérrez (Gutiérrez Arquitectos) pudo desarrollar la entrada principal, el acceso al complejo. Las imágenes que aparecen aquí corresponden al primer paso del proyecto global y son de mi propia autoría.

Creo que todas las formas de expresión —ya sean locales o ligadas a un lugar específico— no pueden representarse de la misma manera. Esa fue la tentación de los muralistas mexicanos y del regionalismo radical; también es la tentación de la globalización. A pesar de esta tentación recurrente, creo que cada lugar posee su propia naturaleza. Para evitar caer en esta trampa —y aun así absorber lo que el lugar ofrece—, la naturaleza nos conduce a ver y hacer las cosas de forma distinta. Todavía no existe ninguna ley física capaz de explicar la realidad en términos absolutos. La ciencia descubrió sus límites hace mucho tiempo; la fe aún no ha encontrado los suyos. Creo que la verdad es a la fe lo que la realidad es a la ciencia. La verdad y la realidad se ven frecuentemente de la misma manera, a pesar de encontrarse en orillas absolutamente opuestas. Quienes las confunden…

…tienden a estandarizar el mundo; quienes aprenden a absorberlas, lo enriquecen.

La posibilidad de crear una obra pública está llena de emoción y resulta profundamente gratificante. A través de este tipo de arquitectura uno puede comunicarse con más personas y existe una mayor posibilidad de diálogo. El espacio no se limita a una sola familia; tiene una vida más larga y más oportunidades de intercambio. Por esta razón puede trascender el tiempo, ya que todos somos testigos de su presencia y, de esta manera, la salvaguardamos.

Con excepciones talentosas y notables, la obra pública en México ha estado ligada de manera indisoluble al gobierno, y no cabe duda de que en nuestro país uno debe ser un hábil negociador y saber moverse dentro de los canales oficiales para desarrollar un proyecto de esta naturaleza. Me refiero a la arquitectura del poder, que tiende a medirse por su escala: grandes obras en las que las dimensiones y el impacto que producen en el espectador —y no la armonía— son lo que importa.

Detalles de PRoyecto

  • Miguel Angel Aragonés, Ricardo Díaz

  • Claudia Rodríguez, Iván Contreras, José Torres, Óscar Vélez

  • Nicola Lorusso

  • Pedregal, Mexico city, Mexico

  • 1,769 M2