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 LAURELES

No hay secretos, pero sí una clave: hay que atender a la intuición, sentir más las cosas en vez de intelectualizarlas. Cuando llega un objeto a tus manos y lo ubicas por primera vez, ése era su sitio, su lugar. Esa forma de acercarte al objeto tiene más que ver con la creación.

La intuición nos da la pauta para leer cosas no codificadas. Cuando vi por primera vez el terreno donde construí la casa de Laureles, me impresionó una pareja de encinos que ocupaban una pendiente del área, levemente ensombrecida por su sinuoso ramaje. No sólo quise rescatar la sensación que provocaban estos claroscuros reflejados sobre el terreno. Más importante aún: me propuse respetar la presencia de estos magníficos huéspedes que por algunas décadas habían habitado aquel lugar. así que el centro de la casa se destinó a un patio interior para mantener en el mejor estado posible a este par de árboles. Ellos fueron una especie de señal los verdaderos habitantes de la casa, por lo que desde que se trazó el proyecto se decidió incluirlos.

En torno a esta obra giró también la idea de hacer un modesto homenaje a quien considero uno de los pintores más importantes del siglo xx: Gunther Gerzso. Él exploró como pocos el contraluz, uno de los temas olvidados en la arquitectura. Lo logró en cada lienzo con un equilibrio que dejaba de lado cual- quier intento de improvisación; su belleza emanaba de los límites que él mismo trazaba. Asimismo consideré invitar a otros artistas plásticos, como Roberto Cortázar, Rafael Cauduro, Jorge Marín, Claudia Gallegos y Sandra Pani, entre otros, quienes contribuyeron a enriquecer los distintos espacios de la casa y los dotaron de una personalidad propia.   La casa contiene dos homenajes: el primero a la naturaleza y el segundo a Gunther Gerzso.  

 

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