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 PEDREGAL

Recuerdo que cuando me invitaron a formar parte del grupo de arquitectos que desarrollaría un proyecto de 700 condominios y casas, un conjunto urbano que se albergaría en 22 hectáreas parte de una insólita reserva territorial en el Pedregal, al sur de la Ciudad de México, tenía delante de mí algunas piezas de cerámica de Gustavo Pérez: una serie de vasijas que se transformaban, paso a paso, de cilindro a pirámide. Cada pieza contenía una frase, un mensaje, y conformaba cierta personalidad, cierta independencia. Sin embargo, cada una tenía sentido en función del resto del grupo y formaba parte de una idea total. A partir de esto reflexioné, y llegué a pensar que así debía ser una ciudad.

El concepto inicial tuvo como punto de partida un conjunto una metamorfosis en donde cada arquitecto propondría un edificio que entablaría una especie de diálogo con el edificio anterior; imprimiría una personalidad distintiva a su obra, respondiendo siempre a la precedente. De esta forma se gestaría una secuencia: un volumen, un cuerpo que sería el punto de partida del siguiente.

Todo arquitecto sueña con hacer una ciudad, de la misma manera que una ciudad nunca soñaría con ser hecha por un solo arquitecto. Afortunadamente, el desarrollo en el Pedregal contempló a varios arquitectos, procedentes de diversos países españoles, portugueses y mexicanos, quienes buscaríamos romper la acostumbrada homogeneidad de los grandes desarrollos. Martín Gutiérrez, Aires Mateus, Juan Herreros, Iñaqui Ávalos, Rafael Otero y yo, seríamos en principio los arquitectos encargados de hacer realidad este proyecto. Creo poco en los grandes proyectos, pero cuando éste surgió parecía viable. Además, constituía la oportunidad de hacer un ejercicio personal basado en lo colectivo y diseñado para hacer una pequeña ciudad desde el principio. Este proyecto no sólo resultó desafiante, sino una de las etapas más dinámicas y emocionantes de mi vida profesional. El tiempo y la realidad diluyeron esta emoción, pues la obra nunca concluyó.

En una enorme nave industrial, con materiales reciclables y muy bajo presupuesto, se llegaron a construir un piso de venta y una oficina corporativa. El resto quedó en una idea, en una ilusión... Martín Gutiérrez (Gutiérrez Arquitectos) pudo desarrollar el acceso principal, puerta de entrada al conjunto. Las imágenes que aquí aparecen corresponden a un primer paso del proyecto general.

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